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martes, 25 de octubre de 2016

RELATO: CAÍDA LIBRE #HISTORIAS DE MIEDO CONCURSO ZENDALIBROS

¡No, por favor! ¡No quiero morir! ¿Por qué he de tirarme? ¿Quién eres? ¡Mentira! ¡La muerte no posee cuerpo de mujer! ¡No es la primera vez que te veo! Por las noches te conviertes en mi propia sombra. ¡No me empujes! Tengo miedo, mucho miedo, no me obligues a tirarme, por favor…
Al principio, sus esporádicas visitas se convirtieron en un elemento más de mi rutinaria vida. La discreción constituía una de sus múltiples cualidades, hasta que después de unos meses cambió de actitud y se tomó una confianza que no le adjudiqué. Ahora su presencia es insoportable, me atosiga de un modo constante y me atormenta. Está obsesionada conmigo. Insiste en que me tire desde la terraza de mi ático. Tengo que obedecer, su aspecto me produce terror y no soportaría un contacto físico.
Caigo con excesiva lentitud, como si flotara en el aire. Tanto que puedo observar con detalle las actividades de mis vecinos.
Mi descenso se mantiene firme. No aumenta la velocidad, circunstancia que agradezco porque de este modo es como si la muerte me quisiera regalar un tiempo extra para despedirme.
Ni rastro de mi amiga Carmen, la del primero. Padece insomnio, y con frecuencia está asomada al balcón. Antes de estrellarme contra el asfalto una voz me dice que no es el momento y me despierto en la terraza, al mismo borde del pretil. No sé cómo he podido llegar hasta aquí. El frío me paraliza el cuerpo. Acostumbrado a estas escapadas nocturnas, regreso a la cama como otras veces. Algún día seré más rápido que la voz.

Segunda noche

¿Otra vez? ¿Qué pretendes? ¡Ya me he tirado cuatro veces! Llevo toda la noche en caída libre. Ser tan reiterativo cansa y aburre. Necesito dormir unas horas, ¡no te acerques! ¡Tu mirada ya me produce suficiente miedo! ¡No, no me toques! Me tiro solo…
Mi cuerpo consigue una flotación constante, incluso afirmaría que la velocidad disminuye. Es extraño que esto suceda. De todos modos, tampoco me voy a preocupar. Nunca entendí las leyes de la gravedad y no creo que sea el momento adecuado para pensar en ellas.
Me entristece no ver a mi amiga Carmen, la del primero. ¿Estará enferma? No conozco otro motivo para que no se asome al balcón. Antes de estrellarme contra el asfalto una voz me dice que no es el momento y me despierto. Algún día seré más rápido que la voz.

Tercera noche

Casi amanece y en esta ocasión es la primera vez que me lanzo al vacío. La señora se ha mostrado autoritaria y me indicó de un modo preciso cómo debía hacerlo; las veces anteriores nunca dijo nada. Me toca y no siento animadversión, ni siquiera repugnancia. Me dirijo con demasiada rapidez hacia el asfalto. Tengo miedo, mi cuerpo no flota y la velocidad aumenta de un modo vertiginoso. Hoy no disfruto con el paisaje, todo es muy diferente a las caídas precedentes.
No dispongo de margen de tiempo para ver a mis vecinos, la velocidad con que caigo es impresionante. El miedo me atosiga. Me acompaña la señora; su pelo plateado se posa en mi cuerpo. El ático se aleja de mi vista con excesiva rapidez. Un pinchazo agudo en el estómago me produce una sensación indescriptible. Me he mareado, porque las ganas de vomitar son tremendas.
El aire me corta la piel, no me permite mirar con claridad. Observo la cara descompuesta de mi amiga Carmen, que en estos momentos se encuentra asomada al balcón. Me hace señales de un modo exagerado, parece que intenta decirme algo que no entiendo. Miro hacia arriba y no veo nada. La señora ha desaparecido. ¡No! ¡Está abajo! Espera mi llegada con una sonrisa malévola. ¡Esto no es como las noches anteriores! No escucho a la voz que me despierta en cada caída y es preocupante, porque estoy a punto de estrellarme.
He sentido un fuerte golpe, como si mi cuerpo reventara por dentro. Tengo tiempo de apreciar cómo cae desplomada mi amiga Carmen. Ahora lo veo todo negro y no escucho nada, ni siquiera la voz que me despierta. ¿Estoy muerto? No tengo ni idea… La caída ha sido emocionante, la he disfrutado al máximo. La señora no se mueve de mi lado y dos espíritus errantes me sujetan por los brazos. ¿Me llevan con ellos? ¡No quiero! Me encantaría tirarme de nuevo, hoy si me ha gustado. ¿Estaré dormido en mi cama? Imagino que no, siempre despierto en la terraza. Tampoco deseo pensar en nada, no me apetece, el miedo anula mi capacidad de comprensión. Solo intento quedarme quieto y dejar la mente en blanco.


CAÍDA LIBRE de Antonio Lagares, para el concurso #historiasdemiedo deZENDALIBROS


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